CAPITULO 3: "El Chico Milagro."

El cálido viento de Abril, acariciaba las copas de los árboles. Los mecía suavemente, como si fuera el vals más sutil y delicado de todo el planeta.

Y ahí estaba él, con aquella sonrisa de diamantes, con aquellos ojos de ángel, mejillas sonrojadas y unos rizos verdaderamente preciosos.
Estaba mirándome, sonriéndome, embriagándome con su perfume a vainilla, alejando demonios y pesadillas. Se encontraba ahí, justo en frente de mi, con sus manos de pianista. Y la burbuja regresaba, y su utopía me embargaba.

Alargué mi mano, dispuesta a tocarlo, a aferrarlo a mi para jamás soltarle, y entonces caí en la realidad.

Y el rayo de coherencia me golpeó con fuerza, y su rostro desapareció y la burbuja se rompió. Cerré los ojos con fuerza, tratando de evitar que las lágrimas brotaran de nuevo. Tomé un sorbo del humeante café que se encontraba entre mis manos, y una vez que todas las mariposas de mi estómago desaparecieron, volví a abrir mis ojos, tan solo para encontrarme de lleno con la soledad, para confirmar su ausencia, su lejanía.
Y traté de ignorar aquella punzada de dolor que atravesaba mis entrañas.
Dejé el humeante café sobre la mesa y subí a mi habitación.

¿Por qué era tan difícil? ¿Por qué me costaba tanto? Hace un mes que vi aquel par de ojos achocolatados, hace una eternidad que el chico de rizos perfectos me sonrió justo como lo haría un ángel y aún no puedo olvidarlo.

Me dirigí a mi armario, en busca de aquella desgastada y vieja maleta de viaje. Aquella fiel compañera que me acompañó desde que dejé la casa de mamá, aquel infierno, creador de cada uno de mis demonios y pesadillas. Aquellas torturas que cada bendito día de mi vida, me atormentaban y lastimaban. Aquellas que estuvieron a un paso de hundirme en el abismo, hasta que aquella voz de ángel me sacó a flote.
Y es precisamente por eso, por lo que no puedo olvidarle, por lo que no quiero olvidarle. Ése chico era mi ancla, era mi escudo contra todo lo que me hacía daño, con su simple mirada, con su sola voz, era capaz de destruir al mismo infierno. Su recuerdo bastaba para alejar aquellas pesadillas, su perfume logró hacerme levitar y viajar entre las nubes.

Así de bello era. Ése era el impacto que él dejaba. Era como un gigantesco sol, que iluminaba cada bendito rincón de mi alma, no había oscuridad que pudiera esconderse de su despampanante sonrisa. No había ser existente incapaz de derretirse ante su mirada. No era posible.

Y yo sabía que sería incapaz de olvidarle, que estaba condenada a sufrirle y recordarle. Y esa certeza me causó tanta conmoción como dolor. Viviría condenada a su recuerdo, luchando día con día para recordarle. Era el chico de mirada de ángel y sonrisa de diamantes. Era como un milagro…. Mi milagro.

Suspiré mientras hacía mi maleta.

En cinco horas, tomaría un vuelo rumbo a New York. El trabajo así me lo pedía, me exigía volver a la rutina, me alentaba a retomar mis deberes. A actuar como adulta y dejar de fantasear con el chico de los ojos marrones.
Levanté mi mirada, justo hacia la ventana, que daba a aquél parque donde todo comenzó, donde mi milagro personal apareció. Y un cosquilleo recorrió mis venas, y las maripositas comenzaron a despertar de nuevo.

No, no lo haría, no lo dejaría. Yo no podría dejar de pensar en él, me era imposible. Aquel chico se llevó una parte de mi y yo viviría condenada el resto de mis días por eso. Era como….. Como si mi alma lo reconociera, como si estuviera siglos esperando por él, por su mirada, por su sonrisa y su voz. Aquella noche, fue como si mi ser lo hubiera reconocido. Lo sentía tan cerca de mí, como si fuera tan fácil pertenecer a su utopía. Sentí que esa mirada era para mi, y que sus manos fueron hechas para entrelazarse con las mías.

Bajé la mirada, tratando de evitar el rumbo doloroso de mis pensamientos. Aquel chico no era para mí, su mundo es incompatible con el mío y su universo está a años luz de mi. El chico milagro pertenecía a una luz igual de potente que él. Jamás podría pertenecer a una mujer llena de ilusiones quebradas y demonios cubriéndole la espalda. A alguien como yo, tan rota por dentro, incapaz de superar su pasado, incapaz de vivir su presente para continuar su futuro…. No, yo no era un mundo adecuando para él.

Y traté de evitar mis pensamientos cuando subí al taxi, y traté de escapar de ellos, cuando llegué al aeropuerto. Tengo que trabajar, y aquellas dolorosas certezas no harían otra cosa que romperme mas.

Y una vez dentro del aeropuerto, en un desesperado intento por alejarme de mis pensamientos, comencé a buscar entre la gente.
Y ahí, sentado mirando hacia todos lados, se encontraba él.
Un metro ochenta, sonrisa letal, cuerpo de Dios y ojos de depredador, tan sexy como solo él solía ser. Se encontraba sonriéndome, derritiendo todo a su paso. Ése hombre, mi jefe….

Christopher Hill.

Poderoso empresario, famoso por ser despiadado en los negocios. Reconocido por su habilidad en el trabajo.
“Excelencia y perfección.” Esas eran las cualidades que día con día acompañaban a Christopher Hill, tanto en su persona, como en su trabajo.
Y si a eso, le añadimos su atractivo, su sensualidad y su habilidad para conquistar, Christopher Hill es el candidato perfecto por donde lo mires.

Era mi jefe, mi compañero, mi amigo. La persona que mas cuidaba de mi en este planeta. Me cuidaba de todo y de todos, incluso de mi misma, y eso era algo que nunca terminaría de agradecerle.
Sonreí tiernamente, mientras él se acercaba a mi de aquella manera tan seductora que lo caracterizaba.

Oh Christopher.

-Hola, Lucy-

Sonreí una vez más, al escucharle decir mi nombre.
Christopher tenía la capacidad de lograr que todo aquello que saliera de sus labios, fuera sexy y seductor, como mi nombre. Mi nombre, si, el más común y ordinario, a veces aburrido, ahora parecía la lujuria viva, envuelta en cuatro letras. Parecía el nombre de alguna diosa afrodisiaca, hecha para seducir y devorar sin compasión.

-Hola Chris, ¿Qué tal?- dije suavemente, mientras observaba sus grandes ojos grises brillar-
-Están muy linda, hoy Lucía. Dime, ¿me piensas seducir?-dijo en un susurro que, más bien, parecía una íntima caricia, logrando que una descarga eléctrica atacara mis terminaciones nerviosas-
-Estás loco Christopher. Anda, perderemos el vuelo-

Y el vuelo transcurrió tranquilo, y un par de ojos achocolatados me siguieron entre sueños, mientras su sonrisa hecha de diamantes me atormentaba dulcemente. Y juro que no quería despertar nunca, yo quería estar entre sus brazos, yo quería perderme en su mirada. ¿Pedía mucho al querer ahogarme en su voz?
Y de nuevo esa maldita certeza, de que jamás podré ser compatible con su mundo, me golpeó con fuerza y dolor.
Y supe en ese instante mientras miraba por la ventanilla del avión, a punto de aterrizar, que tendría que olvidarle.
El chico milagro no era para mi, y él seguiría brillando como una súper nova, y yo seguiría deslumbrada por él, queriendo quemarme por el mas mínimo contacto, cayendo al abismo de un par de ojos marrones.

Y de pronto el par de ojos marrones que me protegían de mis demonios, y la sonrisa que iluminaba los rincones más oscuros de mi alma, se volvieron en mi contra, haciendo más daño que el mismísimo infierno.
Y los demonios no eran nada en comparación de aquello. Y mis infiernos se volvían más soportables.

Caí en la cuenta, de que mi rota persona no soportaría un golpe mas.

Cerré los ojos, mientras, lenta y dolorosamente, me prometía dejarlo atrás. La decisión corría por mis venas acompañada del agudo dolor, la tristeza y la desesperación.
Levanté mi vista hacia el maravilloso paisaje que se me presentaba. El chico milagro tendrá que salir dentro de mi, no puede continuar atormentando mis sueños y mis realidades.


Adiós, chico milagro… MI CHICO MILAGRO.

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