Tres días y dos noches.
Habían pasado tres días y dos noches, desde que llegué a
New York.
Y las pesadillas habían vuelto, los demonios rondaban por
la habitación de aquél lujoso hotel, acechándome, cubriéndome las espaldas,
listos para ahuyentar a todo aquel que se me acercara.
Y acostada en aquella desconocida cama, me negué a
recurrir a mi escudo contra todo mal, me negué a rogar por el recuerdo de
aquellos ojos marrones, no quise deslumbrarme con su sonrisa, no pude acudir a
sus rizos tan perfectamente formados.
Me negué, mil veces me negué. Porque no quiero depender
de aquella imaginaria utopía, porque no puedo estar prendida de un recuerdo, porque
me haría más daño que todo este infierno.
Me levanté de un salto de aquella fría cama, y caminé
hacia la pequeña pero lujosa sala de estar y encendí el televisor en un
desesperado intento por despejar mi mente.
Y comencé a pasar por los canales, uno por uno, hasta que
di con uno en especial, en donde aparecía una bella mujer rubia. Estaba en las
afueras de algún edificio de New York, con mares de gente a su alrededor, todos
gritando, suplicando y rogando la salida de alguien, de alguna famosa persona,
tal vez reconocida.
La bella mujer hablaba sobre el inmenso honor que
significaba que aquella persona se encontrara aquí en New York, y especialmente
en aquel lugar. Estaba terminando alguna frase, tal vez alguna oración, no lo
recuerdo, porque justo en ese momento apareció la figura de quien tanto estaban
hablando, y cuando la cámara enfocó hacia su rostro, sentí el alma caerse a mis
pies.
Era, definitivamente y por mucho, el rostro mas bello que
yo haya visto en toda mi vida, con aquella sonrisa que tanto adoraba y que
tanto me deslumbraba, era justo como la recordaba, justo como me arrullaba en
mis sueños.
Era mi escudo personal, con aquellos rizos hechos por los
mismos dioses, y aquél bonito sombrero de fedora que contrastaba con la palidez
de su bella piel. Y en aquel momento, con el alma en los pies y las emociones a
flor de piel, hubiera dado cualquier cosa, porque se quitara aquellas gafas que
impedían el paso hacia su mirada, su preciosa mirada, dueña de mis últimas
alucinaciones, escudo de los mas oscuros demonios.
Era él, el chico milagro, Michael…
Dejé de escuchar a aquella mujer, hace poco mas de una
eternidad, tan solo para concentrarme en aquella figura que saludaba y sonreía
a todo aquello que se moviera, y me di cuenta, mientras reía alegremente, y
agitaba su mano en modo de saludo, que todo en él era perfecto, todo era bello,
no había algún solo defecto que yo pudiera encontrar en él, por que,
simplemente no existía. Michael era así, puro, divino, perfecto.
Y era mi milagro personal, mi escudo favorito.
Y se encontraba aquí, se encontraba en la misma ciudad
que yo, respirando el mismo aire que yo, bajo la misma luna y las mismas
estrellas, a solo unos cuantos kilómetros de distancia.
Mi chico milagro se encontraba en el mismo punto que yo,
y tener esa certeza, de pronto, me hizo sentir la mujer mas feliz, me hizo
sentirle increíblemente cerca de mi, y una extraña sensación de alivio y paz
entró por mis venas, dejándome aturdida, con aquella absurda sonrisa de oreja a
oreja.
Unos golpes lograron sacarme de mi ensimismamiento.
Alguien llamaba a la puerta.
Con cierto malestar, me alejé de aquella pantalla, en
donde se encontraba mi milagro personal.
-Lucy, hola- dijo aquella voz, al abrir la puerta-
-Hola Chris… ¿pasa algo? ¿se te ofrece algo?-
-No en realidad, solo quería recordarte que esta noche,
tenemos la fiesta de beneficencia ¿recuerdas?-
Pareciera que un balde de agua fría recorrió mi espalda,
regresándome a la realidad de un solo golpe. ¡Maldita sea! El baile, lo había olvidado por completo.
Estaba demasiado ocupada pensando en un par de ojos marrones, soñando con
aquella divina sonrisa, que se me había olvidado por completo esa dichosa
fiesta.
-Lucy, pareciese como si lo hayas olvidado. ¿Lo olvidaste
muñeca?- dijo Christopher visiblemente preocupado-
-No Chris, claro que no, estaré lista en un par de horas
¿te parece?-y traté de esbozar la mejor sonrisa fingida de todos los tiempos,
sin lograr mucho-
-Muy bien, muñeca, nos vemos en un rato ¿vale?-
El milagro personal tendría que esperar hasta mas tarde,
junto con todas mis burdas ilusiones y mis absurdos sueños.
Y pasaron poco mas de dos horas, cuando me miré en el
espejo y solté un suspiro de satisfacción. No era una belleza, pero al menos
estaba presentable, aquel vestido de satín blanco me hacía lucir bastante
decente.
Traté de hacer lo máximo posible con mi cabello,
haciéndole unas suaves ondas, que estaba segura, que al pasar la noche se
desharían por completo. Mi cabello siempre ha sido lacio, y desde que tengo memoria,
no se ha dejado domar por ningún producto ni nada que intente hacerle cambiar
su forma. De modo que, es inútil tratar de mantener aquellas bonitas ondas en
mi cabeza.
-Lucia, ¿estas lista muñequita?-
La voz de Christopher logró sacarme de mis pensamientos.
Rápidamente tomé mi bolso, y antes de salir, me dediqué una última mirada en el
espejo. Al menos estoy presentable, me dije una y otra vez, antes de salir a su
encuentro.
Christpher se encontraba de espaldas, mirando por aquella
gran ventana que adornaba mi pequeña sala de estar. Pude admirarle en silencio
durante un momento.
Christopher era realmente atractivo, era capaz de
alborotar a masas de mujeres y llevarlas al límite de la locura con solo una
mirada, o peor aún, con su irresistible sonrisa de Dios griego.
Porque si, eso era lo que parecía Christopher, con su
ancha espalda, su plano y fuerte abdomen y sus voluminosos brazos llenos de
músculos. Era realmente atractivo.
Y cuando se dio la vuelta para mirarme, quedó
completamente atónito, abriendo al máximo sus bonitos ojos grises y
entreabriendo poco a poco su seductora boca, era como si estuviera viendo algo
completamente ajeno a mi.
-Chris, ¿te encuentras bien?-
-Lucy….. estás…. Eres bellísima- dijo en un suave
susurro, mientras su mirada tomaba un brillo seductor, que logró sacarme un
escalofrío-
-Gracias Chris…. Yo… ¿te parece si nos marchamos?-
-Claro, muñequita, lo que tu digas-
Y acto seguido, procedimos a irnos a aquél evento de
gala, aquella fiesta de beneficencia, en donde, yo esperaba despejar mi mente,
lograr apartar de mis pensamientos a cierta sonrisa de diamantes, y a aquella
mirada de chocolate.
Nunca me di cuenta, ni logré sospechar siquiera, el error
de aquel pensamiento. Mucho menos, lo que se avecinaba....