CAPITULO 4: "Atrapando Recuerdos"

Tres días y dos noches.

Habían pasado tres días y dos noches, desde que llegué a New York.
Y las pesadillas habían vuelto, los demonios rondaban por la habitación de aquél lujoso hotel, acechándome, cubriéndome las espaldas, listos para ahuyentar a todo aquel que se me acercara.

Y acostada en aquella desconocida cama, me negué a recurrir a mi escudo contra todo mal, me negué a rogar por el recuerdo de aquellos ojos marrones, no quise deslumbrarme con su sonrisa, no pude acudir a sus rizos tan perfectamente formados.

Me negué, mil veces me negué. Porque no quiero depender de aquella imaginaria utopía, porque no puedo estar prendida de un recuerdo, porque me haría más daño que todo este infierno.

Me levanté de un salto de aquella fría cama, y caminé hacia la pequeña pero lujosa sala de estar y encendí el televisor en un desesperado intento por despejar mi mente.
Y comencé a pasar por los canales, uno por uno, hasta que di con uno en especial, en donde aparecía una bella mujer rubia. Estaba en las afueras de algún edificio de New York, con mares de gente a su alrededor, todos gritando, suplicando y rogando la salida de alguien, de alguna famosa persona, tal vez reconocida.

La bella mujer hablaba sobre el inmenso honor que significaba que aquella persona se encontrara aquí en New York, y especialmente en aquel lugar. Estaba terminando alguna frase, tal vez alguna oración, no lo recuerdo, porque justo en ese momento apareció la figura de quien tanto estaban hablando, y cuando la cámara enfocó hacia su rostro, sentí el alma caerse a mis pies.

Era, definitivamente y por mucho, el rostro mas bello que yo haya visto en toda mi vida, con aquella sonrisa que tanto adoraba y que tanto me deslumbraba, era justo como la recordaba, justo como me arrullaba en mis sueños.
Era mi escudo personal, con aquellos rizos hechos por los mismos dioses, y aquél bonito sombrero de fedora que contrastaba con la palidez de su bella piel. Y en aquel momento, con el alma en los pies y las emociones a flor de piel, hubiera dado cualquier cosa, porque se quitara aquellas gafas que impedían el paso hacia su mirada, su preciosa mirada, dueña de mis últimas alucinaciones, escudo de los mas oscuros demonios.

Era él, el chico milagro, Michael…

Dejé de escuchar a aquella mujer, hace poco mas de una eternidad, tan solo para concentrarme en aquella figura que saludaba y sonreía a todo aquello que se moviera, y me di cuenta, mientras reía alegremente, y agitaba su mano en modo de saludo, que todo en él era perfecto, todo era bello, no había algún solo defecto que yo pudiera encontrar en él, por que, simplemente no existía. Michael era así, puro, divino, perfecto.
Y era mi milagro personal, mi escudo favorito.

Y se encontraba aquí, se encontraba en la misma ciudad que yo, respirando el mismo aire que yo, bajo la misma luna y las mismas estrellas, a solo unos cuantos kilómetros de distancia.
Mi chico milagro se encontraba en el mismo punto que yo, y tener esa certeza, de pronto, me hizo sentir la mujer mas feliz, me hizo sentirle increíblemente cerca de mi, y una extraña sensación de alivio y paz entró por mis venas, dejándome aturdida, con aquella absurda sonrisa de oreja a oreja.

Unos golpes lograron sacarme de mi ensimismamiento. Alguien llamaba a la puerta.
Con cierto malestar, me alejé de aquella pantalla, en donde se encontraba mi milagro personal.

-Lucy, hola- dijo aquella voz, al abrir la puerta-
-Hola Chris… ¿pasa algo? ¿se te ofrece algo?-
-No en realidad, solo quería recordarte que esta noche, tenemos la fiesta de beneficencia ¿recuerdas?-

Pareciera que un balde de agua fría recorrió mi espalda, regresándome a la realidad de un solo golpe. ¡Maldita sea!  El baile, lo había olvidado por completo. Estaba demasiado ocupada pensando en un par de ojos marrones, soñando con aquella divina sonrisa, que se me había olvidado por completo esa dichosa fiesta.

-Lucy, pareciese como si lo hayas olvidado. ¿Lo olvidaste muñeca?- dijo Christopher visiblemente preocupado-
-No Chris, claro que no, estaré lista en un par de horas ¿te parece?-y traté de esbozar la mejor sonrisa fingida de todos los tiempos, sin lograr mucho-
-Muy bien, muñeca, nos vemos en un rato ¿vale?-

El milagro personal tendría que esperar hasta mas tarde, junto con todas mis burdas ilusiones y mis absurdos sueños.

Y pasaron poco mas de dos horas, cuando me miré en el espejo y solté un suspiro de satisfacción. No era una belleza, pero al menos estaba presentable, aquel vestido de satín blanco me hacía lucir bastante decente.
Traté de hacer lo máximo posible con mi cabello, haciéndole unas suaves ondas, que estaba segura, que al pasar la noche se desharían por completo. Mi cabello siempre ha sido lacio, y desde que tengo memoria, no se ha dejado domar por ningún producto ni nada que intente hacerle cambiar su forma. De modo que, es inútil tratar de mantener aquellas bonitas ondas en mi cabeza.

-Lucia, ¿estas lista muñequita?-

La voz de Christopher logró sacarme de mis pensamientos. Rápidamente tomé mi bolso, y antes de salir, me dediqué una última mirada en el espejo. Al menos estoy presentable, me dije una y otra vez, antes de salir a su encuentro.

Christpher se encontraba de espaldas, mirando por aquella gran ventana que adornaba mi pequeña sala de estar. Pude admirarle en silencio durante un momento.
Christopher era realmente atractivo, era capaz de alborotar a masas de mujeres y llevarlas al límite de la locura con solo una mirada, o peor aún, con su irresistible sonrisa de Dios griego.
Porque si, eso era lo que parecía Christopher, con su ancha espalda, su plano y fuerte abdomen y sus voluminosos brazos llenos de músculos. Era realmente atractivo.
Y cuando se dio la vuelta para mirarme, quedó completamente atónito, abriendo al máximo sus bonitos ojos grises y entreabriendo poco a poco su seductora boca, era como si estuviera viendo algo completamente ajeno a mi.

-Chris, ¿te encuentras bien?-
-Lucy….. estás…. Eres bellísima- dijo en un suave susurro, mientras su mirada tomaba un brillo seductor, que logró sacarme un escalofrío-
-Gracias Chris…. Yo… ¿te parece si nos marchamos?-
-Claro, muñequita, lo que tu digas-

Y acto seguido, procedimos a irnos a aquél evento de gala, aquella fiesta de beneficencia, en donde, yo esperaba despejar mi mente, lograr apartar de mis pensamientos a cierta sonrisa de diamantes, y a aquella mirada de chocolate.


Nunca me di cuenta, ni logré sospechar siquiera, el error de aquel pensamiento. Mucho menos, lo que se avecinaba....

CAPITULO 3: "El Chico Milagro."

El cálido viento de Abril, acariciaba las copas de los árboles. Los mecía suavemente, como si fuera el vals más sutil y delicado de todo el planeta.

Y ahí estaba él, con aquella sonrisa de diamantes, con aquellos ojos de ángel, mejillas sonrojadas y unos rizos verdaderamente preciosos.
Estaba mirándome, sonriéndome, embriagándome con su perfume a vainilla, alejando demonios y pesadillas. Se encontraba ahí, justo en frente de mi, con sus manos de pianista. Y la burbuja regresaba, y su utopía me embargaba.

Alargué mi mano, dispuesta a tocarlo, a aferrarlo a mi para jamás soltarle, y entonces caí en la realidad.

Y el rayo de coherencia me golpeó con fuerza, y su rostro desapareció y la burbuja se rompió. Cerré los ojos con fuerza, tratando de evitar que las lágrimas brotaran de nuevo. Tomé un sorbo del humeante café que se encontraba entre mis manos, y una vez que todas las mariposas de mi estómago desaparecieron, volví a abrir mis ojos, tan solo para encontrarme de lleno con la soledad, para confirmar su ausencia, su lejanía.
Y traté de ignorar aquella punzada de dolor que atravesaba mis entrañas.
Dejé el humeante café sobre la mesa y subí a mi habitación.

¿Por qué era tan difícil? ¿Por qué me costaba tanto? Hace un mes que vi aquel par de ojos achocolatados, hace una eternidad que el chico de rizos perfectos me sonrió justo como lo haría un ángel y aún no puedo olvidarlo.

Me dirigí a mi armario, en busca de aquella desgastada y vieja maleta de viaje. Aquella fiel compañera que me acompañó desde que dejé la casa de mamá, aquel infierno, creador de cada uno de mis demonios y pesadillas. Aquellas torturas que cada bendito día de mi vida, me atormentaban y lastimaban. Aquellas que estuvieron a un paso de hundirme en el abismo, hasta que aquella voz de ángel me sacó a flote.
Y es precisamente por eso, por lo que no puedo olvidarle, por lo que no quiero olvidarle. Ése chico era mi ancla, era mi escudo contra todo lo que me hacía daño, con su simple mirada, con su sola voz, era capaz de destruir al mismo infierno. Su recuerdo bastaba para alejar aquellas pesadillas, su perfume logró hacerme levitar y viajar entre las nubes.

Así de bello era. Ése era el impacto que él dejaba. Era como un gigantesco sol, que iluminaba cada bendito rincón de mi alma, no había oscuridad que pudiera esconderse de su despampanante sonrisa. No había ser existente incapaz de derretirse ante su mirada. No era posible.

Y yo sabía que sería incapaz de olvidarle, que estaba condenada a sufrirle y recordarle. Y esa certeza me causó tanta conmoción como dolor. Viviría condenada a su recuerdo, luchando día con día para recordarle. Era el chico de mirada de ángel y sonrisa de diamantes. Era como un milagro…. Mi milagro.

Suspiré mientras hacía mi maleta.

En cinco horas, tomaría un vuelo rumbo a New York. El trabajo así me lo pedía, me exigía volver a la rutina, me alentaba a retomar mis deberes. A actuar como adulta y dejar de fantasear con el chico de los ojos marrones.
Levanté mi mirada, justo hacia la ventana, que daba a aquél parque donde todo comenzó, donde mi milagro personal apareció. Y un cosquilleo recorrió mis venas, y las maripositas comenzaron a despertar de nuevo.

No, no lo haría, no lo dejaría. Yo no podría dejar de pensar en él, me era imposible. Aquel chico se llevó una parte de mi y yo viviría condenada el resto de mis días por eso. Era como….. Como si mi alma lo reconociera, como si estuviera siglos esperando por él, por su mirada, por su sonrisa y su voz. Aquella noche, fue como si mi ser lo hubiera reconocido. Lo sentía tan cerca de mí, como si fuera tan fácil pertenecer a su utopía. Sentí que esa mirada era para mi, y que sus manos fueron hechas para entrelazarse con las mías.

Bajé la mirada, tratando de evitar el rumbo doloroso de mis pensamientos. Aquel chico no era para mí, su mundo es incompatible con el mío y su universo está a años luz de mi. El chico milagro pertenecía a una luz igual de potente que él. Jamás podría pertenecer a una mujer llena de ilusiones quebradas y demonios cubriéndole la espalda. A alguien como yo, tan rota por dentro, incapaz de superar su pasado, incapaz de vivir su presente para continuar su futuro…. No, yo no era un mundo adecuando para él.

Y traté de evitar mis pensamientos cuando subí al taxi, y traté de escapar de ellos, cuando llegué al aeropuerto. Tengo que trabajar, y aquellas dolorosas certezas no harían otra cosa que romperme mas.

Y una vez dentro del aeropuerto, en un desesperado intento por alejarme de mis pensamientos, comencé a buscar entre la gente.
Y ahí, sentado mirando hacia todos lados, se encontraba él.
Un metro ochenta, sonrisa letal, cuerpo de Dios y ojos de depredador, tan sexy como solo él solía ser. Se encontraba sonriéndome, derritiendo todo a su paso. Ése hombre, mi jefe….

Christopher Hill.

Poderoso empresario, famoso por ser despiadado en los negocios. Reconocido por su habilidad en el trabajo.
“Excelencia y perfección.” Esas eran las cualidades que día con día acompañaban a Christopher Hill, tanto en su persona, como en su trabajo.
Y si a eso, le añadimos su atractivo, su sensualidad y su habilidad para conquistar, Christopher Hill es el candidato perfecto por donde lo mires.

Era mi jefe, mi compañero, mi amigo. La persona que mas cuidaba de mi en este planeta. Me cuidaba de todo y de todos, incluso de mi misma, y eso era algo que nunca terminaría de agradecerle.
Sonreí tiernamente, mientras él se acercaba a mi de aquella manera tan seductora que lo caracterizaba.

Oh Christopher.

-Hola, Lucy-

Sonreí una vez más, al escucharle decir mi nombre.
Christopher tenía la capacidad de lograr que todo aquello que saliera de sus labios, fuera sexy y seductor, como mi nombre. Mi nombre, si, el más común y ordinario, a veces aburrido, ahora parecía la lujuria viva, envuelta en cuatro letras. Parecía el nombre de alguna diosa afrodisiaca, hecha para seducir y devorar sin compasión.

-Hola Chris, ¿Qué tal?- dije suavemente, mientras observaba sus grandes ojos grises brillar-
-Están muy linda, hoy Lucía. Dime, ¿me piensas seducir?-dijo en un susurro que, más bien, parecía una íntima caricia, logrando que una descarga eléctrica atacara mis terminaciones nerviosas-
-Estás loco Christopher. Anda, perderemos el vuelo-

Y el vuelo transcurrió tranquilo, y un par de ojos achocolatados me siguieron entre sueños, mientras su sonrisa hecha de diamantes me atormentaba dulcemente. Y juro que no quería despertar nunca, yo quería estar entre sus brazos, yo quería perderme en su mirada. ¿Pedía mucho al querer ahogarme en su voz?
Y de nuevo esa maldita certeza, de que jamás podré ser compatible con su mundo, me golpeó con fuerza y dolor.
Y supe en ese instante mientras miraba por la ventanilla del avión, a punto de aterrizar, que tendría que olvidarle.
El chico milagro no era para mi, y él seguiría brillando como una súper nova, y yo seguiría deslumbrada por él, queriendo quemarme por el mas mínimo contacto, cayendo al abismo de un par de ojos marrones.

Y de pronto el par de ojos marrones que me protegían de mis demonios, y la sonrisa que iluminaba los rincones más oscuros de mi alma, se volvieron en mi contra, haciendo más daño que el mismísimo infierno.
Y los demonios no eran nada en comparación de aquello. Y mis infiernos se volvían más soportables.

Caí en la cuenta, de que mi rota persona no soportaría un golpe mas.

Cerré los ojos, mientras, lenta y dolorosamente, me prometía dejarlo atrás. La decisión corría por mis venas acompañada del agudo dolor, la tristeza y la desesperación.
Levanté mi vista hacia el maravilloso paisaje que se me presentaba. El chico milagro tendrá que salir dentro de mi, no puede continuar atormentando mis sueños y mis realidades.


Adiós, chico milagro… MI CHICO MILAGRO.

CAPITULO 2: “Se fue muy Pronto”



La oscuridad de la noche, invadía la ciudad, el fresco viento de Abril acariciaba las suaves copas de los árboles, susurrándoles el secreto, la maravilla de unos increíbles ojos marrones, que parecían fundir mi alma, parecían moldearla de nuevo.

¿Era yo? ¿o su mirada me envolvió de tal manera que pude sentirla hasta en los huesos? ¿Era el frío? ¿Era la soledad calando en mis venas? ¿Qué era? Y una vocecita dentro de mi, pareció escuchar mis más profundas confusiones, mis mareos constantes.. “¡Tonta!” gritó mi otra yo, fulminándome con su mirada… “Aléjate de él… aléjate que solo es una ilusión” siguió hablando mi subconsciente, mandando choques de realidad a todo mi cuerpo, reviviéndolo, trayéndolo a la dimensión correcta. 

Y recuerdo que, cuando al fin choqué de lleno contra la realidad, la sorpresa comenzó a invadir cada célula de mi cuerpo, dejándolas paralizadas, sin aliento. ¿Estoy soñando? ¿Divagando? ¿Acaso mis demonios han decidido darme una tregua, mandándome tan bello sueño?

-¿Te encuentras bien?- susurró, aquél bendito sueño-
-¿me encuentro bien?- dije, mientras miraba hacia el infinito, perdiéndome en la profundidad de mis pensamientos-
-Te encuentras, tan sola como la noche que ahora nos envuelve ¿verdad?-

Giré mi mirada lentamente hacia él. Había dado en el blanco, había acertado a la primera mirada, a la primera sonrisa. En el preciso momento en el que decidió sentarse, en aquella sucia banca, había acertado. Sonreí secamente, mientras los recuerdos, los demonios amenazaban con volver. Y ese dolor tan conocido, comenzaba a darme suaves empujones, de nuevo hacia a la soledad, hacia el vacío. Abracé mis piernas de nuevo, llevándolas hacia mi pecho, mordiéndome el labio, tratando de contener aquel sollozo, aquellas exclamaciones, aquellas tantas cosas que día con día, lentamente, me mataban en vida.

-He estado sola por tanto tiempo, que me he vuelto amiga de la soledad, del silencio… ellos son mis confidentes, pero dime, ¿Qué vas a saber de eso? ¿Tu? Una persona con luz propia, con chispas a su alrededor… alguien como tú, que nunca está solo ¿Qué puedes saber de cómo me encuentro yo?- susurré débilmente, tragándome miles de lagrimas, miles de dolores-
-¿Qué puedo saber yo? ¿Qué puede saber Michael Jackson al respecto? ¿Cierto? ¿Crees que jamás conoceré la soledad? ¿Crees que no chocaré de lleno con ella? Piensas que por ser quien soy, ¿me vuelvo inmune a ella?-

Su mirada encontró la mía, fundiéndome de nuevo, dándome calor, dándome suaves caricias al corazón. Cerré mis ojos, disfrutando de aquella sensación, de aquella caricia, que su alma le había dado a la mía, y cuando los abrí de nuevo, miré profundamente aquel par de perlas achocolatadas, disfrutando de su calidez, de su dulzura, perdiéndome en un paraíso marrón.
Me perdí en sus ojos por un poco más de una eternidad, y el pareció hacer lo mismo conmigo.  Y me di cuenta, que dentro de ese paraíso achocolatado, había un millón de matices, un millón de sensaciones. Encontré unos cuantos atisbos de dolor. Un leve rastro de miedo, y en un rincón escondido, pude notar, la soledad, disfrazada, camuflajeada. Si, pude notarla, brillando dolorosamente latiendo con desesperación.

-Me encuentro tan solo como tú, e incluso más- dijo suavemente-
-Yo… lo sé-

Y un máximo sentimiento de protección había surgido en lo más profundo de mí. Y las ganas de cuidarlo, de protegerlo, fueron casi feroces dentro de mí, cuando su mirada volvió a chocar de lleno contra la mía. Mis sentimientos, mis demonios y pesadillas quedaron de lado, cuando pude apreciar el miedo en aquella mirada divina, manchándola, inhibiéndola.

-Puedo entenderte, porque vivo la soledad día a día, en carne propia. Estoy rodeado de un mar de gente, de masas de gente, y sin embargo… me encuentro solo, dolido y con miedo, con la tristeza embargando mi corazón, pudriendo mi alma, cada noche. Te entiendo porque yo también tengo demonios, porque cada madrugada vuelven a aterrorizarme, cada atardecer aparecen a humillarme. Comprendo lo que sientes, porque el dolor, también  ha amenazado con matarme, porque las lágrimas ya no alcanzan para sacar todo lo que tengo por dentro. Vivo en un constante estado de oscuridad, donde la única luz en mi vida es la de los reflectores, la única luz en mi vida, es la que aparece en cada escenario, en cada flash.. Estoy vacío por dentro, y ¿sabes? Eso es lo que más duele-

Y sus ojos comenzaron a brillar, tomaron un brillo especial, que después me impidió ver la claridad de aquellas hermosas perlas marrones. Me di cuenta que eran lagrimas, lagrimas las que atravesaban su mirada, impidiéndome el paso a su alma, lagrimas fortaleciendo a aquellos demonios que, de pronto, parecían rodearnos a ambos, martirizándonos, consumiéndonos poco a poco.
Y no me inhibí cuando, tomé su mano entre la mía, no me avergoncé cuando entrelacé mis dedos con los suyos, y no pensé en mas, cuando le dediqué una reconfortante sonrisa.

-¿Podrías creerme, si te digo lo increíblemente fuerte que eres?- le dije suavemente, sonriendo una vez más-
-¿Lo soy?- susurró débilmente-
-Lo eres, y te admiro muchísimo por ello Michael-

Pronunciar su nombre, era como un dulce suspiro, como si en mi boca hubiera un caramelo, dispuesto a ser fundido. Era maravilloso decir su nombre, decírselo a él, a aquél bendito sueño.

-Te admiro porque, a pesar de todo lo que acabas de contarme, a pesar de esa carga que esta sobre tus hombros, sobre tu alma… la sonrisa en tu rostro vuelve a la vida a millones de personas, porque a pesar de estar muriendo lentamente, en tu mirada no hay más que amor, nada más que dulzura y cariño. Puedo verlo justo ahora. Creo que eres una persona maravillosa, no necesito conocerte toda una vida, para saber que eso es cierto-

La sonrisa que me dedicó después, fue como un baño de magia pura, fue un trago de éxtasis puro, mil suspiros salieron de mi garganta. El aire no brotaba con facilidad hacia mis pulmones, pues esa sonrisa, paralizaba todo, el viento, la noche, mis miedos, mis demonios. Cada una de mis terminaciones nerviosas emitía electricidad, vibraban de alegría.

-¿Sabes?  Tú también eres fuerte, muchísimo, en tus ojos hay tantos miedos, y dolores… y sin embargo, esa armadura tuya que tienes, esas bonitas acciones que tienes, de consolar a la gente, de reconfortarla a pesar de tus inseguridades, te hacen increíblemente fuerte… eres una buena persona Lucía… me ha gustado mucho conocerte, al menos esta noche no será tan oscura-

Pude sentir cada gota de sangre subir hacia mis mejillas, pude sentir los nervios invadir mi cuerpo, y esas desesperadas y locas ganas de sonreír como tonta, invadieron mi ser.
¿Qué sabía yo? ¿Qué sabía yo acerca de aquél bendito sueño de ojos marrones? ¿Cómo iba a imaginar alguna vez la increíble y maravillosa persona que resultó ser? Mi subconsciente me sonrió dulcemente, aprobando aquél maravilloso encuentro, dándole la razón a esa hermosa sensación de paz, que mi alma sentía.

De pronto, los demonios quedaron olvidados, y las pesadillas quedaron enterradas en el rincón más oscuro de la noche, que ahora, comenzaba a desaparecer sutilmente, suavemente, dándole la bienvenida al hermoso amanecer… Poco a poco la noche se llevaba los restos de la noche, los restos de mis lágrimas y miedos, dejándome solo la paz, la esperanza, y un par de ojos marrones preciosos.

Miré a Michael, al sueño divino, admirándolo una vez más, apreciando su rostro, su hermosa sonrisa de diamantes, sus ojos de chocolates, y aquellos divinos rizos tan perfectos. Era una locura, una verdadera locura, que, justo en medio de mi abismo personal, en el punto máximo de mi agonía, aparece él, rescatándome, consolándome, con un par de perlas marrones, y una sonrisa de ángel, con una voz celestial.

-Ya va a amanecer- y un ruidoso suspiro salió de su linda boca de cereza-
-¿Debes irte?- me sorprendió la decepción y tristeza que embargó mi ser-
-Sí, supongo que sí, no creo que sea buena idea estar aquí, cuando el mundo empiece a funcionar de nuevo- dirigió su mirada hacia mí, con esa hermosa sonrisa que me derretía-
-Tienes razón… yo también debo irme, supongo-

Bajé la mirada a mis manos, y suspiré pesadamente, controlando aquella horrible sensación de pérdida, tratando de alejar de nuevo a la soledad que, poquito a poquito, comenzaba a romper mi burbuja de nuevo.
Él se puso de pié, y me tendió su mano. Lo miré durante unos segundos y sin dudarlo, tomé su mano, poniéndome de pie también. Volviendo a la realidad, regresando de aquella hermosa nube.

-¿necesitas ir a tu casa? Puedo llevarte, si quieres-dijo tímidamente, sacándome un suspiro-
-No, gracias, mi casa es muy cerca. Será mejor irme caminando-

¿Para qué? ¿Para qué alargar aquella tortura? ¿Para qué hacer más largo lo inevitable? Su desaparición. Su huída, su fuga… Sería mejor terminar aquí, será mejor, que el sueño termine donde comenzó, y que la nube desaparezca donde se creó.

-Oh, bueno. Entonces, me marcho… Lucía, gracias en verdad. Yo se que las hadas de la noche, te han mandado, para darle un poco de luz a la noche, para cerrar un poco aquel abismo en el que comenzaba a hundirme, gracias- y la ternura de su mirada, casi me desarma, casi me deshace-
-No Michael, has sido tú el que ha hecho todo ¿vez? Estaba a punto de morir ahogada en mi misma, y si no fuera por ti, probablemente hoy no habría Lucía-

Sonrió tímidamente, y me dedicó aquella hermosa mirada de chocolate, que comenzaba a adorar. Y sin previo aviso, sus brazos se ciñeron alrededor mío, y me fundió en un cálido y hermoso abrazo. Abrí mis ojos como platos, presa de la sorpresa que, poco a poco se fue transformando en dicha, en paz. Lo abracé también dulcemente, respirando profundamente su aroma, un delicioso aroma a perfección, a dulzura, a mariposas.
Lentamente y sin muchas ganas, me separé de él, de su perfecta chaqueta negra inundada de aquél maravilloso perfume.

-Gracias de nuevo, Lucía.-
-Michael… nos vemos, por favor, sigue así de brillante, brilla como nadie lo ha hecho-

Me sonrió de nuevo de aquella manera, que comenzaba a gustarme, y mucho. Dio media vuelta y se alejó, poco a poco, de mí, de nuestra burbuja, de aquella nube que él trajo para mí. Y la sensación de pérdida de hizo más fuerte entonces, los suspiros atorados en mi garganta comenzaron a salir, dejándome sin aliento, yéndose con él, con aquél hermoso sueño divino.

Cerré mis ojos por un momento, di media vuelta y comencé a alejarme también, apreciando los primeros rayos de sol, chocando contra mi espalda, iluminando el nuevo día que comenzaba a mostrar su rostro. Suspiré de nuevo, recordando aquella mirada, aquella sonrisa… aquella voz… y sonreí de nuevo.

Supe entonces, que pasara el tiempo que pasara, el recuerdo de Michael siempre quedaría en mi memoria, siempre estaría ahí, estancado en mi alma, en mi mente, recordándolo cuando sea necesario, cuando me hiciese falta una mirada tierna, una sonrisa perfecta… ahí lo tendría.


Supe entonces, que pasara el tiempo que pasara, el recuerdo de Michael siempre quedaría en mi memoria, siempre estaría ahí, estancado en mi alma, en mi mente, recordándolo cuando sea necesario, cuando me hiciese falta una mirada tierna, una sonrisa perfecta… ahí lo tendría.

Seguí caminando por las frías calles de L.A, sonriendo como boba, como tonta. Suspirando, de vez en cuando.
SI, aquel día, iba a ser bueno… muy bueno, y todo gracias al chico de ojos marrones, todo gracias a  Michael, Michael Jackson.


up