-¡Es Tu culpa! ¡Tu maldita culpa Lucía!- Gritó ella con
sus hermosos ojos marrones brillando de ira-
-Mami, lo siento, lo siento mucho, por favor no te enojes
conmigo-
Ella iba de un lado a otro, arrojando cosas por los
cielos, gritando unas cuantas verdades, que hasta la fecha, lograr herir
profundamente mi alma. No entendía, por más que mi pequeña cabecita daba
vueltas y vueltas, no lograba comprender el enorme enfado de ella, no podía
comprender porque me lanzaba aquella felina y desgarradora mirada.
Se giró hacia mi, con su boca fruncida en un lindo
puchero, como si estuviera a punto de echarse a llorar.
-¡No me digas “mami”! ¡no me digas jamás “mami”!-
Recuerdo como aquellas palabras destrozaron cada pedacito
de mi inocente alma. Recuerdo las lagrimas caer por ambos lados de mis heladas
mejillas. La miré, enormemente asustada, increíblemente confundida. ¿No quiere que le diga mami? ¿Por qué? ¿Acaso
ya no me quiere?
-Mami… ¿ya no me quieres?-
Ella alzó su mano y tomó fuertemente mi pequeño y pálido
brazo, arrastrándome dolorosamente hacia mi habitación. Recuerdo el dolor que
sentí cuando me lanzó bruscamente a la cama, recuerdo el miedo que se apoderó
de cada célula de mi cuerpo. Abrí mis ojos como platos, me limpié las lágrimas
apresuradamente mientras trataba de llegar a ella. ¿Por qué mami me ha tratado
así?
-¿yo? ¿Quererte? Lucía, ¡tú solo eres un problema! ¿Quererte?
Dime, ¿Quién va a querer a un problema?... ¡Se ha ido! ¡Tu padre se ha ido! ¡Y
es tu culpa! ¡Me ha abandonado por tu culpa!-
Ella se tiró al piso, ahí justo en frente de mi, a
llorar, a gritar, mientras me miraba… mis venas se volvieron de hielo, mi
sangre se quedó congelada, y por una fracción de segundo, mi corazón se
paralizó…. Y si, desde aquél instante, en el que mi madre confesó odiarme,
odiarme con toda su alma… desde ese momento, la niña de bonitas mejillas
rosadas, con un hermoso vestido de encaje, desapareció, se esfumó como las
lagrimas de mi madre, se evaporó por los cielos.
¿Alguna vez han sentido un dolor tan agudo? ¿Tan agudo
que amenaza con matarte? Era como si bajaras al infierno, y lentamente te
estuvieras consumiendo por dentro. La soledad lentamente comenzó a oscurecer
mis grandes ojos azules.
Una espada, justo así sentía dentro de mi pequeño pecho,
como una gran espada clavada justo en el centro de mi corazón. Y era sumamente
curioso, como es que, mi madre, la dueña de mi vida, la reina de mi mundo…
fuera quien acabara con cada ilusión, con cada pedazo de alma, con cada latido
de mi corazón.
La vista se me nubla, tan solo veo sombras, tan solo
escucho gritos, gritos de odio, gritos de dolor. Y la niña indefensa que veo,
se retuerce de dolor, llora sin control, se muere de miedo. ¿Cuándo terminará
esto?
-¡Auxilio!- grito
fuertemente… nadie escucha.
Los “te odio” son más intensos, y la imagen de mi madre,
mirándome… mirándome como si fuera un adefesio, como si fuera el error más
grande de su vida, me quita poco a poco la vida.
Me retuerzo una vez más de dolor. Suplicando por algún
consuelo, algo a lo que aferrarme, amarrarme y no caer en aquel absurdo dolor,
aquel horrible desconsuelo.. Me agito, me retuerzo, cierro los ojos
fuertemente, y entonces….
Despierto.
Toco suavemente mis mejillas, están empapadas, de nuevo.
Sudor frío corre por mi frente, y un agudo y terrorífico dolor palpita en mi
pecho.
Respiro pesadamente, y noto mi cuerpo temblar
violentamente, el miedo me deja estancada en aquella fría cama. El dolor
martillea fuertemente en mi pecho, de nuevo consumiéndolo. Me negué a cerrar
los ojos de nuevo, me negué rotundamente a ser invadida de nuevo por la
oscuridad. Así que mantuve mi mirada fija en aquel blanco y desgastado techo de
mi habitación, apretando los puños a ambos lados de mi cadera, tratando de
controlar el miedo, intentando calmar el dolor.
Y los temblores, poco a poco fueron cesando, dejando mi
cuerpo cansado, adolorido, desgastado. Mi pecho estaba ya anestesiado por el
dolor, y las lagrimas parecían lubricar mi piel.
No, no pensaba volver a dormir, no pensaba volver a aquel
mundo lleno de tortura, del que cada día me vuelvo víctima. Salí débilmente de
la cama, y sintiendo el frío de la habitación, me dirigí al cuarto de baño. Me
miré en el espejo. Y como todos los días, me encontré a una mujer muerta en
vida, con las mejillas bañadas en lágrimas, el cabello revuelto horrorosamente,
y pálida, pálida como una muerta.
Suspiré ruidosamente, mientras mis ojos volvían a
llenarse de saladas y dolorosas lagrimas. Negué varias veces con mi cabeza,
esto no podía seguir así. Ya no puedo soportarlo, ya no quiero soportarlo.
Y en un último intento por mantener la cordura, comencé a
vestirme lentamente, ahí en mi baño, en medio de la noche. Con el miedo
amenazando mis espaldas, y el dolor apretándome dolorosamente el pecho.
Me puse aquella vieja chaqueta gris, que tanto adoraba, y
salí del pequeño apartamento, donde me había alojado años atrás y conmigo, mis
demonios internos.
No recuerdo la dirección que seguí, una vez que mis pies
se posaron sobre el duro cemento de la calle. Mis pies se movían por si solos,
guiándome a un destino incierto, tratando de escapar de aquello demonios,
escondidos entre los cuatro rincones de mi oscura habitación.
Y fue de esa manera, como llegué a ese pequeño parque,
donde cada viernes por la tarde, los niños llenos de energía, llenos de amor y
energía, corren a jugar, a olvidarse del mundo exterior, tan ajenos a la
crueldad, a la soledad y el sufrimiento.
Y en uno de aquellas bancas desgastadas y sucias del
parque, me senté, y mientras abrazaba mis piernas a mi pecho, las lagrimas
amenazaban por salir de nuevo. Hice un mohín tratando de calmar aquella
tormenta de dolor y tristeza que se avecinaba.
Y entonces, me percaté, fue entonces cuando me di cuenta,
de la persona que se encontraba a mi lado. Un hombre vestido completamente de
negro, con un sombrero de fedora, y justo debajo de éste, unos rizos negros y
perfectos, se asomaban, decorando y haciendo contraste con su lindo rostro.
Me miraba fijamente, sus ojos eran hermosos, color
marrón, eran como chocolate fundido, derritiendo todo a su paso, endulzando
cualquier cosa en su camino, sus mejillas, estaban levemente sonrojadas, haciendo
lucir su rostro aún mas exquisito. Y mas abajo, mas abajo unos suaves,
perfectos y divinos labios color cereza me mostraban una tímida sonrisa, que me
dejó sin aliento.
De pronto me di cuenta, que, por primera vez en mi vida,
el dolor se había esfumado, la soledad, la tristeza y la agonía, habían quedado
de lado, cuando esos ojos marrones me miraron, cuando su sonrisa me quitó hasta
el último suspiro.
Parpadeé un poco aturdida, por lo que acababa de pasar,
aparté mi mirada, y la fijé en mis manos entrelazadas, nerviosamente,
tímidamente. Había mirado a aquel chico, como una boba, como una completa
tonta, ¡que vergüenza!
-Hola-
Abrí mis ojos como platos, el chico me había saludado, y
su voz, era tan suave y tan dulce, que podría morir envuelta en ella, podría
soñar con ella, y estoy cien por ciento segura que con esa voz, protegiéndome,
hablándome, ningún demonio atormentaría mis sueños, ningún mal recuerdo
llegaría por las noches, a robarme el alma. Nada me haría daño.
-Ho…Hola-dije aún mirando mis pálidas y delgadas manos-
-Disculpa pero… ¿te encuentras bien?- y un leve tono de
nerviosismo salió de su linda voz-
-No.. quiero decir… si… eso creo-
Mi cabeza daba vueltas, de pronto lo que me atormentaba
aquella noche ya no eran los mil demonios de mi pasado, las miles de tormentas
de mi vida, ahora, en ese instante me atormentaba la manera en que me afectaron
aquél par de ojos marrones, aquella hermosa voz.
-Me llamo Michael-
-Soy… Lucía-
Levanté mi mirada hacia él, dedicándole una tímida
sonrisa. Disfrutando una vez mas con la belleza de su rostro, sus delicadas
mejillas, sus hermosos ojos de chocolate, sus labios color cereza, tan suaves,
tan bonitos.
Entonces, cuando él hizo un mohín, y su mirada se tornó
confusa, caí en la cuenta, y la realidad me golpeó fuertemente, ¿Dónde había
estado mi cabeza todo este tiempo? Y la respuesta no tardó en llegar… Mi había
perdido, en un par de ojos achocolatados, seducida por una boca de cereza y
envuelta por la melodía perfecta de su voz, ¿y los pensamientos? Habían quedado
de lado, ¿y la razón? Quedó fuera del juego, una vez que sus rizos atraparon mi
cordura.
-Tu… tu eres, Michael Jackson-le dije con los ojos bien
abiertos, presa de la sorpresa-
-Mucho gusto, Lucía- y de nuevo esa sonrisa que me quitó
el aire que respiraba-
Aquel chico de sonrisa despampanante, de ojos
acaramelados, aquél guapísimo hombre de rizos negros como la noche, era Michael
Jackson, una estrella, un chico imposible, tan alto que me era imposible
siquiera admirarlo, y ahora… lo tenía aquí, a mi lado, deslumbrándome,
dejándome sin aliento, haciéndome olvidar mis mas oscuros miedos, dándole al
fin un color a mi pálido rostro, adornándolo con una tímida sonrisa.
Era como un sueño, un hermoso sueño, sin demonios, sin
pesadillas, sin dolor ni miedo. Y él era la razón por la cual los demonios
habían huido, la razón por la cual no podían tocarme.
¿Quién diría que, Michael Jackson, aquél hombre, digno de
dioses, ése hombre que estaba a miles de kilómetros fuera de mi alcance… fuera
quien me diera aquello que tanto necesitaba, que tanto precisaba?
Bastó un segundo, bastó una mirada encantadora, una voz
celestial… para calmar aquella herida, para dar paz, donde segundos antes, el
miedo se centró… Bastó su presencia, bastó de él…
¿Porque? ¿porque él? ¿Porque Michael Jackson? ¿Porque el hombre imposible? ¿porque.... el sueño imposible?.
1 comentarios:
Definitivamente cariño... Eres pulcra e increíble al escribir, aquí estaré siempre leyendo tus escritos...
Publicar un comentario